Después de haberme dado esa relajante ducha, mi hermano me mostró la habitación del apartamento en la que me iba a quedar. Iba vestida con unos minishorts cómodos y una blusa holgada, así que noté cómo la mirada de él se pegaba a mis torneadas piernas, lo cual me hizo incomodarme un poco, porque desde que nos reencontramos me había dado cuenta, pese a que no quería reconocerlo, que mi hermano me miraba como una mujer y no precisamente como su hermanita. De reojo observaba como su vista se posaba en la curva de mis pechos y cómo lentamente bajaba hasta mis piernas.
Intentaba no sentirme molesta por ello, sino más bien mostrarme neutral. Yo tampoco era una santa, y aunque lo mío eran más las conchas que los penes, aunque tampoco es que no me gustaran, ver a mi hermano convertido en un hombre joven me despertaba cierta curiosidad, y como esa curiosidad y el hecho de saber que mis encantos no eran desapercibidos para él, decidí meterme a dormir una siesta para relajarme.



Desperté cuando ya era entrada la noche y un aire fresco se colaba por la ventana. Me fui al baño para lavarme la cara y mojarme el pelo y después salí en busque de Leo, sin poder encontrarlo ni en la cocina ni en la sala. Me pregunté si él también se abría dormido, por lo que me asomé a su habitación que estaba abierta. Sobre la cama no estaba mi hermano mayor, sino… un culo precioso. Y ese culo era claramente femenino. Me sonrojé y seguí la perfecta línea de los glúteos y de las caderas, pasando por una espalda cremosa y luego a un cabello castaño lacio que se derramaba a un lado de la chica dormida.
Como si supiera de mi presencia, se giró hacia mí, pero siguió dormida. Noté un escalofrío en mi vientre bajo al ver los fabulosos senos de puntitas rosadas apretujarse, el vientre plano y una vagina limpia y lampiña como la de una niña de primaria, justo entre las hermosas piernas. Los labios eran delgados y las pecas le recorrían la cara. Me vi en deseos de morderle los pezones… era la chica más guapa que había visto ¡y desnuda!
De repente abrió los ojos y al verme, gritó y se cubrió con la sábana. Reaccioné un poco tarde y me alejé, cerrando la puerta.
¡Lo siento!
¡¿Quién eres tú, zorra?! —me gritó y abrió la puerta, envuelta en la sábana verde de la cama de mi hermano — ¿Eres una amante? ¡Leo! ¡Leo!
¡Cálmate! — le pedí con un poco de enojo — . Soy la hermanita de Leo, no su amante.
¿La hermana? — la muchacha se tranquilizó de inmediato y se rió, apenada — . Ay, es cierto… Leo me dijo que ibas a venir… perdón. No quería decirte zorra.
Descuida — dije, mirándole los hombros blancos y la carita pecosa —. ¿Eres la novia de mi hermano?
No — sonrió —. Sólo somos amantes. Eh ¿está él?
Le estaba buscando, pero creo que salió.
Siempre que sale deja una notita en el refri.
Todavía envuelta, la chica caminó a la cocina y vio la nota de Leo. Decía que había salido a tomar un trago con un amigo y volvería más tarde. Por otra parte, saber que mi hermano tenía una amante tan guapa me dio algo de celos. Había cogido con esa chica ¿verdad?
Me llamo Julia ¿tú eres…?
Alondra.



Ah, un gusto. Este… creo que mejor me pongo algo de ropa.
Le quise decir que realmente estaba bien como estaba, pero no lo logré. Al poco rato salió de la habitación sólo con unos minúsculos shorts de mezclilla y una blusa sin mangas, y sin sujetador debajo, tal como noté al verles los pezones resaltar un poco. Se había amarrado el pelo con una coleta.
¿Quieres té?
Sí, gracias, Julia ¿desde cuándo estás con mi hermano?
Llevamos como amantes unos dos meses — explicó, poniendo la tetera —. Vengo cada fin de semana a… ya sabes. Divertirlo un poco.
Me sonrojé.
¿Eres algo así como su… em…? ¿te paga?
Julia se rió sonoramente.
¿Prostituta? No, claro que no. Cogí con él una vez en un bar hace un par de meses, y desde eso no me separo de él.
Ah — me parecía cruel que mi hermano sólo la tuviera como amante. Una chica tan delicada y bonita podría ser una buena novia.
Platicamos durante un rato más sobre cosas banales, o más que nada sobre mi hermano y yo, y de cómo habíamos tenido una niñez muy divertida y lo mucho que le extrañábamos en casa, pero con cada comentario, no dejaba de mirar a Julia e imaginar cómo la polla de Leo se enterraba en la estrecha boquita de la chica, y en esa sonrisa mamándole los huevos. Me sonrojé un poco y bajé la mirada.
Eres muy bonita — me dijo — . Realmente bonita. Me recuerdas a Leo.
Dicen que nos parecemos en los ojos.
Pues realmente sí — aprobó con un guiño en los ojos.
En ese momento llegó Leo, y Julia no perdió tiempo en ir a abrazarlo y a darle un lengüetazo como beso. Mi hermano le correspondió y después me miró, sorprendido. Nos presentó oficialmente a las dos y tras esto, dijo que comenzáramos a preparar la cena y nos dispusiéramos a comer.


DIANA
Comenzaba a preocuparme un poco por mi esposo, aunque sé que él sabía cuidarse bien. Lo que me temía era que cuando los hombres se sentían mal, solían ahogar sus penas con alcohol y mujeres. Por alguna razón, esto no me causó mucho revuelo en mi corazón, porque en el fondo sabía que Gerardo ya no me amaba como antes. Como él decía, yo sólo era su putita para coger, y ese pensamiento me ponía algo mala.
¿Estás triste, mamá? — me preguntó Katy, mientras le lavaba el cabello bajo el agua de la ducha.
No, tesoro. Solamente pensaba en papá.
Mi hija se giró y me abrazó, descansando la cabeza en mis tetas.
Se molestó un poco contigo. No quiero que también se vaya como se fue Leo.
Envolví a Katy con mis brazos y le besé la frente.
No se irá, tranquila, cariño. La familia siempre será unida. Tu hermano volverá ¿entiendes?
Sí — no la vi muy segura, pero dada la corta edad de Katy, no era momento de discutir con ella las cosas complicadas sobre cómo las familias pueden unirse y romperse con relativa facilidad. Todos en casa éramos conscientes de que no nos iba bien. Sentía que mis hijos se me estaban escapando un poco de las manos, aunque sin la ayuda de mi esposo, me costaba mantenerlos a raya.
Después de bañarnos, acompañé a Katy para ayudarle con sus tareas de matemáticas y después bajé a la cocina a prepararme algo de merendar. Me hice un emparedado y un poco de leche, que al beberla, como me pasaba siempre, imaginé que era dulce semen caliente. Adoraba el semen. Tenía que admitirlo. Yo era una mujer echa y derecha y ese gusto era fascinante para mí.
Mientras subía a la habitación, escuché que la música en el cuarto de Cass estaba un poco fuerte. Era rock, y ella sólo lo ponía cuando estaba triste. Imaginé que se habría enterado de la huida de Gerardo y estaba sumergiéndose en la tristeza. Me sentí peor. Dejé mi comida en el buró de mi cama y fui a ver a Cass. Abrí la puerta y cuando lo hice, ¡Oh, mi Dios!
Mi hija. Mi joven hija estaba allí, en cuatro, como una perrita, mirándome a la cara con ojos sorprendidos, totalmente encuerada mientras un muchacho le estaba dando por el culo.
¡Mamá! — gritó ella.



¡Perdón! — fue todo lo que dije por inercia y me salí rápidamente, con el corazón en un puño latiéndome a mil. No me pude quitar la carita de placer de Cass, ni cómo sus nalgas estaban debajo de las manos de ese hombre, y mucho menos lo pegado que él tenía su pelvis a los genitales de mi hija. La estaba cogiendo ¡Se estaba cogiendo a mi nena!
Sin saber qué hacer, sin ganas de volver a entrar, me fui a mi alcoba y me senté a comer mi emparedado. Las manos me temblaba un poco y sentía ardor en las mejillas. Ver a Cass así me recordó a mí misma cuando me veía en mis propios vídeos y los hombres hacían fila para ensartarme. Yo lo disfrutaba. Me gustaba el sexo en grupo, siempre y cuando fuera yo contra varios chicos… pero ver a mi Cass, a mi propia hija allí, protagonizando eso… me revolvió el cuerpo.
Yo ya sabía que tarde o temprano Cass empezaría su vida sexual. Era inevitable porque era parte de su humanidad… pero nada te prepara como padre para cuando las cosas así comienzan. Los hijos crecen. Cass ya no era una niña… al menos a los ojos de los demás, pero yo era su madre y daba igual si ella tuviera cuarenta años. Seguiría siendo una niña para mí.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que miré por la ventana y vi cómo el muchacho se iba rápidamente por un lado de la calle. Me exasperé y salí del cuarto en dirección al de mi hija. Cass todavía estaba desnuda, aunque se cubrió con la sábana cuando me vio entrar. Tenía la cara abatida y avergonzada
¿Qué demonios fue eso? — le pregunté, cerrando la puerta y sentándome junto a ella. Todavía estaba algo sudada y despeinada.
Estaba… teniendo sexo.
Eso pude verlo. Cariño… — tenia que hacer grandes esfuerzos para no gritar de lo shockeada que estaba con ella —. Cass, ay, no me puedo quitar la imagen de ti en cuatro — lo dije con una vocecita algo paranoica y mi hija sonrió. Bueno, al menos estaba bien con eso.
Es mi amigo. Sólo estaba… ayudándole a quitarse su virginidad.
¿No es ni tu novio? Ay, hija…
¿Qué? Mamá, sólo es sexo.



En eso estábamos cuando entró mi esposo, que quién sabe a qué hora había regresado. Al vernos, se le encendió un signo de interrogación en la cara y se sentó en la cama con nosotras, preguntando qué le pasaba a Cass. Mi hija se cubrió el canalito de las tetas con la sábana y me miró como suplicando que no le acusar, lo cual por supuesto era lo último en lo que podía pensar. Noté en los ojos de Gerardo un atisbo de interés por la desnudez evidente de Cass. Se le veían a mi hija sus hombros y buena parte de sus muslos.
Sólo hablábamos de cosas de mujeres.
¿Sexo? Todavía estas joven para eso — le acarició la cabeza. Cass se dejó querer — . Al que te quiera reventar el culo, lo mato.
¡Gerardo! — exclamé, y él se salió del cuarto, riendo como un villano. Cerró la puerta. Cass me abrazó fuertemente.
Gracias por no decir nada.
Descuida, cariño. No diré nada que pueda traerte problemas.


ALONDRA
Más tarde, mi hermano salió a hacer unas cosas del trabajo, de modo que Julia y yo nos quedamos en el apartamento. Ella era algo así como la vagina con patas para Leo. No sólo se dejaba coger, sino que le lavaba la ropa y le arreglaba la casa. Todo vestida siempre con minishorts de mezclilla y una blusa translúcida, la cual sólo me dejaba imaginar el jugoso par de melones que ocultaba debajo.
Uf, al fin terminé de arreglar el dormitorio de Leo.
Qué bueno — le dije —, yo dejé limpiecita la cocina. Me iré a bañar.
Me desnudé y me metí a la tina, dejando que el agua tibia relajara mis músculos. A pesar de la siesta, estaba agotada por el viaje y por todas las cosas que había hecho desde que llegué, y apenas llevaba un dia con Leo. Pensé también en su amante, y eso despertó ciertas cosquillas en mi coño, las cuales me apresuré a calmar con un poco de caricias en mi zona vaginal, hasta que entró Julia, envuelta en una toalla.
¿Te molesta si me baño contigo? — me preguntó con una sonrisa tierna —. Es que tengo que irme y pues no sé si tardarás.
Ah, claro… está bien.
¿Te da pena verme desnuda? Somos mujeres, tonta.
Se quitó la toalla y ¡Madre mía! Era mas hermosa de cerca. No pude evitar quedar embobada mirándole el coñito apretado que traía debajo. Julia lo notó y sonrió con timidez.
Eh… ¿Qué me miras?
Nada, nada.
Rió con las manos en las caderas.
¿No me digas que te gusta mi vagina?
No, para nada — mentí, evidentemente sonrojada —. Sólo… está bien.
Eres muy rara — dijo con diversión y se metió conmigo en la tina, frente a mí. Estuvimos por un rato en silencio. Ella tarareaba una canción mientras se pasaba el jabón por las tetas y yo trataba de no mirar sus pezones rosados y pequeños. Sin embargo me costaba mucho. Yo misma estaba excitándome, pero no quería salir y perderme ese lindo show. Entonces Julia se dio media vuelta y me mostró un culo perfecto, para luego agacharse.
¿Me lavas la espalda?



Claro —sonreí abiertamente y empecé a acariciarle la piel blanca de la espalda. Era muy suave y resbalosa por el jabón. Julia se echó para atrás, como recostándose contra mis tetas. Ese contacto me hizo saltar chispas de deseo. Luego se recargó completamente en mí y estiró el cuello para atrás.
Me podría quedar asi un rato ¿te molesta?
No…
Lava mi cuerpo si quieres.
Obedecí. Estaba tan caliente que no me pude resistir, y empecé a recorrer sus pechos con mis manos. Primero tímidamente. La oí reír. Cubrí todo con mis manos enteras y noté el peso de sus ubres, preciosas y las imaginé llenas de leche. Llevada por alguna extraña causa, pegué mis labios a su cuello. Julia se estremeció y me miró. Inclinó la boca como pidiendo un beso, y yo se lo di. Su lengua suave entró cuidadosamente entre mis labios y me acarició los dientes. Yo separé las piernas para que se acomodara mejor. Mis pezones, que comenzaban a endurecerse, le rosaban la espalda y mis manos bajaban por su ombligo hasta su coño. Ver cómo abría sus muslos para darme espacio fue maravilloso. Bajé. Bajé. Sentí el clítoris caliente y empecé el suave masaje. Julia soltó un gemido delicioso mientras me comía la boca.
Soy la amante de Leo — sonrió, al tiempo que se daba la vuelta —, pero puedo hacer una excepción por hoy.
Vamos a la cama… — le susurré.
Vamos.
Nada mas llegar a la cama de mi dormitorio, salté sobre ella. No pensaba ser sumisa. Queria el control. La besé fuertemente, enfrascando mi lengua con la suya. Las manos de Julia me recorrían las nalgas mientras separaba sus piernas para darme mas espacio. Encontré el calor de su coño pegado a mi cuerpo. Le di por todo el cuello, embarrándolo de saliva y a continuación le mamé los pezones. Junté sus maravillosas tetas. La chica rió de gusto, con los ojos cerrados y mordiéndose los labios. Me empezó a empujar.
Lame abajo…
De acuerdo.
Me acomodé. Su coño era hermoso, de carnes rosadas y lampiño. Vi el anito rosado desde mi posición e imaginé cómo la polla de mi hermano se hundiría en estos dos agujeros. Se me hizo un vacío en el estómago. Separé sus labios con mis dedos sólo para ver cómo se estaba mojando. La entrada pedía ser penetrada. Le di un besito rapido en el agujerito y procedí a meterle dos dedos. Esto hizo que Julia se estremeciera. Rasgué su interior y pegué mi boca a su clítoris, que estaba embarrándose con sus jugos. La muchacha jadeó. Vi cómo se apretaba los pezones con fuerza y retorcía el cuerpo. Le mamé todo el coño con lentitud, pegando completamente mi boca hasta cubrirle la entrada. También alterné con mi lengua y con el resto de su cavidad, y mas tarde bajé hasta ponerle un besito en el estrecho ano. Ella se rió.
¡Wao! — exclamó y yo me reí.
Le pedí que se diera la vuelta y se colocara de perrito. La muchacha lo hizo. Tenía mucha experiencia por la forma en la que se arqueó toda su espalda. Me ofreció una maravillosa vista de su culo. Allí le separé las nalgas y escupí en la entrada de su recto. Luego, despacio, empecé una serie de lamidas por toda esa zona. La amante de mi hermano ya no reía, sino que gemía y pedía más y más. Se lo tuve que ofrecer, colocándome detrás de ella y metiéndole tres de mis dedos con forma de gancho por el coño. Empecé a moverme, simulando que era un pene y bombeando dentro de ella. Le di nalgadas con la otra mano y me deleité con sus sonidos de risa y gemidos a la vez.
¡Ay! No… no puedo más. Voy a correrme.



No dejé que lo hiciera. Paré de inmediato y luego la tumbé bocaarriba. Antes de que ella protestara, me monté en un 69. Era la posición por excelencia para las lesbianas, porque le dejé caer todo mi culo. Por un momento me di cuenta de que Julia sólo me lamía las nalgas, pero no la vagina.
¿Qué pasa?
Es que… nunca he comido una conchita.
Está rica. Te lo aseguro.
¿De verdad?
Lame.
Insegura, vi cómo se metía entre mis pompas. Acto seguido, la punta de una lengua que hurgaba en mi interior. Me reí, y me dediqué a morderle los labios. Ella hizo lo mismo. Sentí cómo atrapaba mis pliegues con sus dientes y luego hundía toda la cara entre mis piernas.
¡Ay! ¡Qué rico sabe!
Te lo dije.
Se encariño de inmediato con mi culo. Traviesamente metió un dedo en mi ano y empezó una lenta penetración con él. No tardé mucho tiempo en correrme en su boca, las dos mientras nos mamábamos los respectivos coños y el orgasmo nos invadía a la vez. Tras esto, me tumbé junto a ella y comenzamos a besarnos con una pasión desenfrenada, como si quisiera meterme su lengua hasta el fondo de la garganta. Rodó para quedar encima de mí. Alcé las piernas en un ángulo de noventa grados, muy juntas y me las sostuve de las rodillas. Mi coño se habrá quedado aplastado como una empanada, la cual Julia no dudó en comerse. Su lengua llena de saliva me bañó todo el clítoris. Su nariz me presionaba el botoncito al tiempo que me perforaba el orificio con la lengua y los dedos a la vez. Esta mujer sí que sabía dar una buena chupada.
Jadeé y gemí con fuerza. Yo era muy de hacer ruidos durante el sexo. Me tomó de las caderas y chupó con una pasión ardiente hasta que me corrí de nuevo. Bajé las piernas, cansada y sudorosa. La muchacha se volvió a tumbar junto a mí, y esta vez nos pusimos a besarnos con ternura, hasta que se acomodó y se quedó dormida a mi lado.


DIANA
Salí del cuarto de baño envuelta con mi toalla amarilla, y entonces me topé con mi hijo Carlos, que al verme en el pasillo con nada más que encima que un corto pedazo de tela, sus ojitos se le abrieron como platos y me escaneó de pies a cabeza.
Ah… hijo — le saludé, sonriendo — ¿ya terminaste tus tareas?
Sí… sólo iba por algo de comer.
Él estaba sin camisa, y su cuerpo curtido de gimnasio lucía impecable. Sus pectorales… eran mejores que los de mi esposo. Me avergoncé un poco y la toalla casi se me cayó. Me la volví a ajustar.
Bu-bueno, entonces sigue. Gracias.
No supe porqué le agradecí. Tal vez por los nervios. Carlos crecía y comenzaba a desarrollar una bonita musculatura. Entré a mi dormitorio y me recosté al lado de mi esposo, que se hizo un ovillo y no me dirigió la palabra.



¿Qué tienes? ¿Estás enojado conmigo?
Mañana hablamos — farfulló.
Por dentro me sentí bien, porque al fin podría pasar una noche de sueño sin que me metiera la verga hasta la garganta. Por otro lado, también estaba molesta con él, así que me dormí amargamente hasta que la vibración de mi teléfono me despertó. Era un mensaje de mi mejor amiga, Sara.
Vamos por unos tragos… ven a buscarme.
No puedo. Es tarde — le respondí por Whatsapp.
En serio… ven. Estoy algo ebria y no sé cómo conducir ahora.
Exasperada, me vestí y le dije a mi marido que saldría a buscar a Sara al club.
Ya voy por ti.
Apresúrate. Hay un hombre muy guapo con un gran bulto en sus pantalones que se muere por conocerte.
¿En serio?
¡Sí! Ven.



Bien… eso era interesante. Tal vez también me dedicara a tomar unas copas. Cuando pasé cerca del cuarto de Carlos, me asomé un poco y le vi de espaldas a mí, frente a la computadora mirando a pantalla completa un vídeo porno. Se me colorearon las mejillas. Mi hijo claramente se estaba cascando la pija porque movía rápidamente sus brazos y después gimió cuando le vino la eyaculación. Esa imagen aunque estaba de espaldas, me hizo recordar su pene. Cuando era más pequeño y todavía le bañaba yo, me sorprendía el tamaño de su polla, y me puse a pensar que… quizá ahora la tuviera más gorda.
Apenada y algo emocionada, subí a mi coche y fui al club.