Vuelve Alicia 03

Nos despertamos en la misma pose, yo aún tenía la mano apoyada en la puchita de Alicia pero me había separado para mirar ese traserito que no lograba rellenar adecuadamente.
Se metió bajo la ducha pero esta vez le ayudé a enjabonarse, la cálida lluvia me atravesaba el traje recordando que no me lo había quitado antes de meterme en la bañera. No importaba, seguí acompañando sus manitas mientras ella sostenía la enjabonada esponja y se refregaba el desnudo y mojado cuerpito, dado mi asqueroso hábito onanista recién adquirido me sacudía la matraca para que las estrellitas eyaculadas se mezclasen con la espuma.

Cuando llegamos al colegio me senté al lado de Martita tratando de acariciarle las piernas, no lo lograba y estaba iniciando un curso de geografía. Esa asignatura me pareció aburrida y me retiré del aula mirando de reojo al grupito de amigos que hablaban bajo comentando cosas con el pibe de cara enamorada, esa cara aún se notaba enamorada pero más tristona, tampoco se alegró cuando le dí un furioso cachetazo; me daba rabia no lograr castigar al maldito.

Planeaba visitar a Margarita pero me decidí a entrar al hospicio debiendo caminar mucho por los pasillos hasta hallar la habitación del demente.
Estaba sentado en la cama hablando solo. Realmente estaba conversando animadamente con un nena, pero los médicos creían que hablaba solo y en su imaginación estaba por lanzarse a una pileta de natación.
Esa era la postura de sus brazos mientras apoyaba las manos sobre los hombros de la chica mientras conversaban.
La chiquita de hermosa cabellera estaba envuelta en una sábana, usaba como ropita aquello que la cubría al retirarse de su cuerpo físico. Ese espectáculo me hizo recordar que yo siempre vestía el mismo traje que nunca se arrugaba ni ensuciaba.

Me senté al borde de la cama mientras los saludaba a ambos, la nena me miró con cara de extrañeza preguntando al demente si yo podía verla también. El loquito le explicó que yo estaba desencarnado y nos dimos un abrazo con la nena llenos de felicidad por tener una reunión espiritual.
Mientras la apretaba fuertemente me quedé pasmado al no atravesarla con mis brazos, estaba abrazando a otro fantasma que tenía la misma consistencia que yo.

La criatura parece que ya sabía eso y no demostró extrañeza. Solamente se acomodó la sábana que la envolvía para taparse las piernitas, estaba con los muslos al aire pero la tontita no sentía frío. Solamente sentía mis ojos posarse en sus piernas y en su carita, nos miramos fijamente y dijo que recordaba mi cara, me había visto en algún lado.
Hablábamos entusiasmadamente reconociendo que eramos un grupo de intimos amigos, amigos especiales del demente que ya había bajado los brazos y me había dejado el lugar desocupado para que la abrace.

Tomándola de la manita nos fuimos a otra habitación para hablar tranquilamente, una habitación llena de dementes normales que no podrían vernos. Cuando hallamos una cama desocupada nos sentamos expectantes de todo lo que tendríamos para decirnos mientras sus ojitos brillantes esperaban el relato.
Le pedí que me prestase una parte de su sábana para taparme ya que sentía algo de frío. Nos acostamos y abracé su cuerpo desnudito mientras mi sonrisa rebalsaba de felicidad por sentir el tacto de su tibia piel.

No cesaba de acariciarla toda mientras sus ojitos denotaban la impaciencia para que inicie a hablar.
Le dije que me sentía maravillosamente bien al poder usar el sentido del tacto, le enredé los dedos en su cabellera mientras me bebía su aliento. Podía sentir el tenue vientito de su respiración y acerqué la cara para morderle la naricita.
Ella se reía por mis travesuras mientras me pasaba la manita por la manga del traje diciendo que me veía ridículo con esa ropa sin cerrar por detrás, le causaba gracia verme el culo desnudo vestido con un traje.

La complací sacándome las prendas y arrojándolas al piso, esperaba que se cayesen pero quedaron flotando. Le hice saber que ahora estábamos iguales, desnudos bajo la sábana pero que yo aún vestía el slip porque un hombre grande no se acostaba completamente desnudo junto a una nena.
Se sonrió y tuve que besar esa sonrisa suavemente para no asustarla, no podría enemistarme con mi amiguita especial, no sabía si alguna vez pudiese hallar otra.

Los dementes entraban y salían de la habitación sin percatarse que la cama estaba ocupada, que había unos bultos moviéndose bajo la sábana. Al rato entró un médico sentándose al borde obligando a corrernos al otro extremo, hubiese sido desagradable estar dentro de la persona que escribía distraídamente mientras le preguntaba cosas al demente de la cama vecina; por suerte no le molestó el traje flotando que se metía en la carpeta.

Quedamos con los cuerpos muy pegaditos estrechados al borde de la cama mientras la nena se reía y hablaba bajito. Le dije que podríamos hablar con normalidad ya que nadie nos escucharía y tampoco nos verían.
Ya relajados estábamos olvidando la molestia de una persona sentada en nuestra cama, le tomé la carita entre las manos y buceando en su mirada le dije que efectivamente nos conocíamos, que yo era el hombre que ella vio tocando su cuerpo inerte y que la tapó amorosamente con la sábana pensando que ya no volvería a verla nunca más.

Sus ojitos brillaron por la emoción mientras le decía que era un hermoso reencuentro, que además de poder hablar con una persona conocida lograba tocarla, tenía sensibilidad en mi etérea piel.
Preguntó la razón de que la hubiese besado, no me recordaba como un amigo de la familia. Le tuve que confesar que era inevitable besar sus labios, que ella tenía una boquita demasiado preciosa para no desear besarla.
Para demostrarle la besé cálidamente mientras acariciaba sus mejillas y volvía a enredarme los dedos en su cabellera. Comentó que había sido una agradable sensación sentir mis labios sobre los suyos debiendo repetir la experiencia para complacer a la chiquita que cada vez lucía más feliz.

Apoyé una mano en su pancita preguntándole si le dolía allí adentro ya que en el accidente habían sufrido los órganos internos, pero me contestó que no sentía molestia alguna, solamente en el trasero y en una pierna que se había golpeado al caerse durante sus juegos infantiles.
Le puse la mano en la cola acariciando la región que le dolía mientras le susurraba una cancioncita "sana sana, colita de rana", ella reía por mi tono desafinado diciendo que yo no sabía cantar.
De tanto acariciarle el traserito se había formado una carpa en el slip, le estaba empujando el cuerpito con un ariete que le molestaba.
Bajando la manita apretó suavemente la barra de carne que permanecía tapada con el slip y con ojitos compasivos preguntaba si me había lastimado el palito que parecía muy inflamado. No le quise contar que mi partida del mundo no fue accidental.

Solamente le pedí que me hiciese unos masajitos en la parte afectada así como yo le había dado en su dolorido traserito. Para ayudarla en su tarea me bajé el slip.
Sus ojos se abrieron grandotes al ver la barra de carne diciendo que la imaginaba menos inflamada y que me debería doler mucho. Con cara resignada le contesté que dolía un poco pero ya me estaba acostumbrando a la lastimadura.
Ella con mucha ternura acariciaba esa carnosidad inflamada mientras yo le correspondía las caricias en sus nalguitas. Pasaba la mano sobre sus nalguitas pero no me animé a meter los dedos al medio: allí no se había lastimado al caerse.

Le dije que tal vez se había hecho un moretón aconsejando que me permita mirarle allí y enseguida se puso acostada de pancita para dejarme a la vista el trasero. Yo tironeaba de la almohada pero no la podía asir, al final hice un bollo con la sábana metiéndoselo bajo la pancita para elevar su cola. Debía revisarla cuidadosamente y no nos importó quedarnos desnudos a la vista de los dementes, el médico ya se había retirado dejando libre toda la cama para nosotros.
Le miré bien de cerca las nalguitas para hallar el moretón pero no aparecía, le tuve que separar esos globitos de carne para buscar el moretón pero no lo hallaba.
La nena se reía diciendo que le estaba haciendo cosquillas, si había hallado el moretón y me dediqué con mayor minuciosidad a buscar por la zona.

Al comunicarle que debería usar el tacto de la lengua, le besé suavemente los muslos subiendo a su tajito, no podía aguantarme para chuparle la conchita, era la primera vez que lograba sentir esos olores femeninos al producir juguito vaginal pero era la cola que debía revisarle.
Ella se quejaba de sentir cosquillas cuando le comuniqué que había encontrado una marca, que la raya de su colita parecía más oscura en algunos lugares y debería ser el sitio donde se había golpeado.
Susurrando que no sabía curarla, aconsejé que probemos pasar mi propia inflamación por allí para experimentar.
Afirmó con la cabecita pero sin hablar, tenía los párpados cerrados y su respiración parecía indicar que ya no le molestaban las cosquillas. Le dije que primero le daría besitos en la cola para comprobar si esas caricias alcanzaban para curar su dolorido trasero.

Tuve que comenzar nuevamente por los muslos y subir lentamente hasta la cola viendo si acertaba a besar el invisible moretón. Ya le estaba besando bien adentro la canaletita y con un dedo acariciándole la puchita. Estaba por meterle el dedo por la rajita pero recordé que allí no se había lastimado, de todos modos me deleité chupándole el culito mientras ella se retorcía por las cosquillas o tal vez otras emociones.

Subiendo la cabeza y mordisqueando su orejita le comuniqué al oído que no lograba hallar el moretón y deberíamos experimentar el paso siguiente.

Nuevamente afirmó con un movimiento de cabeza pero ahora no tenía los ojitos cerrados, su mirada parecía expectante aguardando esas sensaciones que le producía la curación, eran vibraciones nuevas que su cuerpito no había sentido antes, similares a las que tuvo cuando la besé para demostrarle cómo había sido pero más intensas. Era linda esta nueva vida, o digamos muerte.
Cuando arrimé el pitote a esa zanjita posterior estaba soltando babosidad, el monstruo estaba entusiasmado entre esas nalguitas que ya conocía.

La estuve curando un rato en esa posición pero cuando le estaba pasando la pija entre las nalguitas se me trabó en un hoyito marroncito, le dije que había hallado su herida mientras me sentía explotar, largaba muchas estrellitas que le cubrían toda la zanjita y parte se le metió dentro del anito. Se me escapó un profundo suspiro que habrá sonado dolorido, con vocecita preocupada quiso saber si me había hecho doler el tratamiento: le dije que no, que había funcionado bien. Para reafirmar le mostré mi inflamación que se estaba reduciendo.
Le saqué el bollo de sábanas debajo de su barriguita y dormitamos tapados un rato, felices por sentirnos curados y ni siquiera tuve que limpiar el enchastre producido.

Al despertarnos volví a vestirme el traje mientras ella se envolvía en su sábana, le tuve que acomodar la túnica aconsejándole que se tapase bien la partecita delantera, no podía caminar por ahí mostrando la puchita que le apreté bien para indicarle la zona.
Nos fuimos de la mano hasta la habitación del demente hallándolo durmido, pedí que le pregunte por una funeraria conocida para conseguir otras ropas, no podíamos andar toda la vida enfundados en las mismas prendas pero recordé que no toda la vida anduvimos así.
Agregué que tal vez conoceríamos a otras personas saliendo de su cuerpo y podríamos ayudarlos en los momentos de confusión hasta que asumiesen su nuevo estado.

Le dije que me retiraba, tenía asuntos para atender pero sin falta la buscaría mañana para conversar y estar juntos, ella era mi amiga especial, una amiguita tan especial que la convertía en mi única amiga en este mundo. Un sub mundo diferente pero no tan desagradable.
Me estaba levantando cuando me recriminó que no le daba un beso para despedirme, le tuve que dar un besito en la boca que demoró mucho, fue un chupón que le quitó el aliento.
Hablábamos susurrando para no despertar al loquito que ya había tomado sus píldoras, esas que le dan para que duerma sin sobresaltos.
Le comenté que yo debía irme para visitar otras personas, preguntando qué hacía ella con sus ratos de ocio.

Contó que sus ratos de ocio eran siempre y no hallaba qué hacer con su tiempo, no necesitaba comer ni nada así que se paseaba por la ciudad entrando en las casas para curiosear.
Un día se encontró en una calle conocida, la de su anterior hogar pero que nunca pudo ubicar por desconocer el trazado de la ciudad.
Entró corriendo sin tocar a la puerta buscando a su papito. Se quería arrojar en lo brazos del padre a quien extrañaba mucho. Cuando llegó al dormitorio principal lo encontró acostado, a su lado estaba la mucama y ambos desnudos.
Una ropa negra, las prendas de luto estaban sobre una silla y mal doblados, las había arrojado allí sin sentir mucha pena. Se dio cuenta que estaban despiertos y moviéndose, el padre se tomaba con fuerza de las tetitas de la mucama mientras le metía frenéticamente el trozo de carne por el trasero, no lo hacía con la suavidad y delicadeza que yo había usado al metérsela por el culito a su cadáver.

Recordaba a esa chica planchándole el uniforme del colegio o preparando la comida, nunca la había vista desnuda y menos haciendo esas cosas extrañas. Al menos no parecía doloroso el jueguito, ambos suspiraban mucho pero no emitían gritos de sufrimiento.
No pude explicarle que su padre estaba cojiéndose a la mucama y le dí otro beso para despedirme mientras le pasaba un dedo a su conchita por encima de la sábana.


Ya era la hora de cenar en casa y debía volver para estar con mi hijita.
Nos acomodamos los tres a la mesa mientras Alicia comía solita, había un solo plato servido y nos resignamos a mirarla. Yo había logrado esbozar la misma sonrisa que tenía cuando me sacaron esa fotografía, ya éramos dos que sonreían idénticamente mientras ella se llevaba el alimento a la boca.
Esa boca que recibía el alimento, boquita que no alcanzó a besar el pibe enamorado pero que yo conocía muy bien. Recordaba haber apoyado mis labios allí hasta escalar en besos apasionados y correspondidos.
Por suerte había besado muchas veces la boquita de mi reina antes de no poder hacerlo más. Habíamos fundido nuestras almas en esos besos y una parte le correspondía a ella, realmente todo le correspondía a mi amorcito, a la dueña de mis días y la dueña de un fantasma: ALICIA

(continuará)